Archivo

Posts Tagged ‘politica’

Las Reformas y Las Reformas a las Reformas. (Cuba: Crisis y Transición)


La relativa libertad intelectual durante los años de Krushchev hizo viable cierto debate sobre las posibilidades del modelo económico soviético y sus problemas más acuciantes.  En Abril de 1962, el economista Evsei G. Liberman, protegido del académico V.S. Nemchinov y por influencias de este, logro presentar sus propuestas de reformas ante el Consejo Científico de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética.  Legitimadas por tal presentación, las teorías de Liberman fueron difundidas y puestas a debate nacional en un artículo suyo: “plan, Renta y Bonificación” publicado por Pravda en Septiembre de 1962.  La publicación del artículo de Liberman provoco el más intenso debate sobre la economía soviética y su organización, desde el triunfo de la revolución rusa hasta Gorbachev.

Liberman propuso serios y profundos cambios estructurales en la organización de los sistemas de producción y distribución de bienes.  Propuso incrementar las responsabilidades de los gerentes a expensas del aparato de planeamiento centralizado, manteniendo el último sus facultades para determinar los niveles de producción de las empresas, pero autorizo a los gerentes a determinar la  composición de la producción.  Con esta división de facultades se pretendía que el cálculo económico específico y complejo, sujeto a las variaciones de la oferta y demanda, se simplificase al permitir que las decisiones fuesen tomadas a nivel gerencial.  Al colocar la capacidad de decisión productora a nivel gerencial, se limitaría la necesidad de información requerida a aquella pertinente a cada gerente individual para el desempeño de sus funciones específicas.

También fue otra de las propuestas de Liberman que este sistema decisional fuese acompañado de un sistema de bonificación que premiase al gerente según la eficiencia y rentabilidad de la empresa en mediaciones a largo plazo.  Sin embargo, las propuestas de Liberman no incluyeron reformas en el sistema de precios y costos, lo que fue cuestionado por los reformistas más radicales, quienes argumentaron que un sistema basado en la libertad y la rentabilidad gerencial tenía que ir de la mano con reformas en la adjudicación de los precios para que estos realmente reflejaran los valores de todos los ingredientes de la producción.

En 1965, el Soviet Supremo adopto una serie de reformas económicas en línea con las propuestas del profesor Liberman, pero preservando mas facultades a nivel de planeamiento central y con serias limitaciones en la determinación de precios.  Estas reformas oficiales, aunque limitadas, representaron una disminución del poder de los apparatchiki.  Por lo tanto, desde el primer momento recibieron la oposición del aparato burocrático, que trato de obstruir y hasta sabotear el proceso de reformas.

Desde 1965, la URSS estuvo sujeta a reformas, rectificaciones y contrarreformas de manera constante, sin lograr mejorar la eficiencia ni descentralizar la economía; por el contrario, durante los años sesenta y setenta, el ritmo de desarrollo económico continuó descendiendo.  Según Gertrude Schroeder, hacia mediados de los setenta, al final de una década de reformar las reformas, la naturaleza del sistema económico soviético no se había alterado de manera esencial.  El sistema mantuvo sus características fundamentales de rígida planificación, rígida centralización, producción deficiente, racionamiento formal de casi todos los artículos de consumo, precios artificialmente establecidos por el poder central e incentivos basados en el cumplimiento de los planes centrales.

Como indica Wolfgang Leonhard, los ochenta se iniciaron en la URSS con una crisis palpable en todos los órdenes de la vida civil.  Las contradicciones entre la demanda socio-económica de la sociedad industrializada y la magra oferta de un sistema de producción fundamentado todavía en la organización estructural estalinista, produjeron un sustancial desfase entre las necesidades del pueblo y la oferta estatal.  Esta severa inconsistencia entre la demanda popular y la oferta oficial arruino la moral de la población y resquebrajo su dependencia en el edificio ideológico del marxismo-leninismo.

El marxismo-leninismo ofreció al pueblo soviético un sistema completo de pensamiento por el cual “científicamente” se terciaba del lado de la historia y del mañana y se monopolizaba la razón.  La doctrina suplía los instrumentos necesarios para analizar el futuro y el presente con infalibilidad, y para explicar todas las interrelaciones entre la sociedad, la política, la economía, la ciudadanía y la estructura doctrinal e ideológica.

El determinismo histórico proveía el fundamento y la certeza de que se avanzaba indefectiblemente hacia el progreso, la sociedad sin clases, la libertad económica y política y la felicidad.  Más, sin embargo, las cualidades y limitaciones de la vida cotidiana, en tremenda contradicción con los postulados ideológicos del marxismo-leninismo, erosionaron la legitimidad y credibilidad de la ideología.  La escases de productos de consumo, la crisis de la vivienda, el fracaso de la agricultura, el surgimiento de una nueva clase privilegiada, el incremento del robo, el soborno, el ausentismo, la alcoholización de la población; en fin, el abismo cada vez más amplio entre la teoría y la realidad de la sociedad soviética, apuntaron hacia el desplome efectivo del “socialismo dictatorial” y la imperiosa necesidad de profundos cambios en el sistema.

El economista español Rafael Termes, en un análisis de la situación de la URSS y los países de Europa del Este, resume la problemática certeramente al manifestar que “si bien los sistemas socialistas, impuestos y mantenidos por la fuerza, consiguieron incrementar los niveles de producción durante las primeras y elementales etapas de reconstrucción industrial, resulta de toda evidencia que son incapaces de conseguir que las economías evolucionen hacia sistemas modernos, complejos y tecnológicamente avanzados de producción”.

Por otra parte, Mijail Gorbachev hace un análisis de la realidad soviética mucho más amable, pero con el mismo resultado:

“En algún momento — esto se hizo clarísimo en la segunda mitad de los años sesenta — sucedió algo que pareció a primeras luces inexplicable.  El país comenzó a perder impulso, los fracasos económicos se hicieron más frecuentes.  Las dificultades se empezaron a acumular y empeorar, los problemas sin resolver se multiplicaron.  Elemento de lo que nosotros llamamos estancamiento y otros fenómenos ajenos al socialismo comenzaron a hacerse presentes en la sociedad.  Se formo un tipo de “mecanismo de Freno” que afecto al desarrollo social y económico.  Y todo esto sucedía mientras la revolución científica y tecnológica ofrecía nuevas posibilidades de desarrollo económico y social[…] Analizando la situación, nos encontramos con un debilitamiento del crecimiento económico.  Durante los últimos quince años , el nivel de crecimiento del producto nacional había disminuido en más de un cincuenta por ciento, y ya para principios de los ochenta, había descendido a niveles cercanos al estancamiento económico[…] La brecha en la eficiencia de la producción, la calidad de productos de tecnología avanzada y el uso de técnicas avanzadas, comenzó a acentuarse y no a nuestro favor[…] El consumidor se encontró totalmente a merced del productor y debía arreglárselas con lo que este decidiera darles[…] continuamos gastando más en materia bruta, energía y otros recursos por unidad de producción que otros países desarrollados.  Pero esto, desafortunadamente, no lo es todo: comenzó una erosión gradual de los valores morales e ideológicos de nuestro pueblo[…] Resultando en una brecha de credibilidad[…] el país estaba al borde de una crisis.”

Durante la era Brezhnev se exacerbo la crisis y se desemboco en el estancamiento económico de la sociedad soviética.  A la muerte de Brezhnev, en noviembre de 1982, lo sustituyo Yuri Andropov quien, consciente de la crisis de la sociedad soviética, inicio de inmediato una serie de reformas administrativas que incluyeron el reemplazo de cientos de dirigentes medios e intermedios del aparato burocrático.  Andropov anuncio el emprendimiento inevitable de serios cambios estructurales y estimulo el debate sobre las opciones de reformas económicas dentro de la ortodoxia marxista-leninista.

El cortísimo periodo de Andropov termino con su fallecimiento en Febrero de 1984; fue sustituido por Konstantin Chernenko quien a su vez, falleció en Marzo de 1985, pero no sin antes haber logrado interrumpir las incipientes reformas de Andropov.  Inmediatamente Mijail Gorbachev fue electo secretario general del Partido Comunista de la Union Sovietica (PCUS).

Derechos de Autor

              Pedro Ramón López Oliver. Libro: Cuba: Crisis y Transición. Copyright (c) 1992 by the University of Miami.  Publicado por el Centro Norte-Sur dela Universidad de Miami.  Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el mundo.  Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna sin permiso previo del editor.

La cuenta de los muertos


Por Pedro Ramón López Oliver

En las últimas treinta páginas del primer número de Bohemia, en enero de 1959, se reprodujo una cronología de las muertes políticas producidas entre marzo de 1952 y diciembre de 1958 en Cuba. El artículo se titulaba ”Más de veinte mil muertos arroja el trágico balance del régimen de Batista”, pero si se cuentan, uno a uno, los muertos mencionados, no pasan de 600. Las víctimas registradas en el macabro inventario no pertenecían, únicamente, al bando revolucionario, sino, también, al ejército y la policía, las instituciones del gobierno y la ciudadanía cubana.

Seiscientos muertos en seis años y, sobre todo, en los dos últimos de la dictadura, son una cifra perturbadora. Según aquella cronología, entre 1957 y 1958, no pasaban tres días sin que apareciera un revolucionario o un policía asesinado en las calles y campos de la isla. El espectro social de las víctimas era muy amplio: trabajadores, estudiantes, campesinos y empleados; niños, jóvenes, mujeres y ancianos. Entre los nombres más conocidos estaban Rubén Batista, William Soler y los hermanos Saíz Montes de Oca, pero también había otros, borrados de la historia, como los policías Boris Kalmanovich, Lino Pantoja y Cándido Cardoso.

La composición política de los muertos también era diversa. En la lista de Bohemia aparecían el líder ortodoxo Pelayo Cuervo Navarro, cuyo cadáver fue hallado en el laguito del Country Club, el concejal auténtico de Guanabacoa, Angel Hernández Chirino, encontrado en la esquina de 29 y Paseo, el líder del Directorio Revolucionario, José Antonio Echeverría, y el del 26 de Julio, Frank País. Pero también estaban los ”asesinos asesinados” Antonio Blanco Rico, jefe del SIM, ejecutado en el cabaret Montmartre, el general Rafael Salas Cañizares, baleado en la embajada de Haití, el coronel Fermín Cowley Gallegos, muerto en un atentado revolucionario en Holguín, y Tata Pedraza, el hijo del general, ultimado cuando viajaba de Manacas a Santa Clara.

Según las autopsias referidas en Bohemia, muchos cadáveres estaban marcados por torturas y vejaciones de la policía. A la joven estudiante de derecho y ciencias sociales de la Universidad de La Habana, Enélida González Hernández, la obligaron a tomarse un pomo de palmacristi y en las vísceras del cuerpo de un revolucionario de Güines encontraron aserrín. Pero la justicia rebelde también era implacable: a Daniel Sánchez Wood, empleado del colegio La Salle, en Santiago de Cuba, le dieron diez balazos, y al joven de 23 años Alcides Pino, de Cueto, dos tiros en la cabeza, por haber desertado de las filas revolucionarias. Ambos cadáveres tenían colgado un cartel que decía “por traidor al Movimiento 26 de Julio”.

Hubo ciudadanos que murieron, accidentalmente, en tiroteos callejeros o que fueron arrestados sin que hubiera evidencia contra ellos. Pero muchas bombas de los revolucionarios estallaron en lugares públicos, como el teatro América, el cine Rodi, el cabaret Tropicana, el hotel Comodoro o el edificio de Salubridad, donde murieron decenas de personas inocentes. La joven Eusebia Díaz Páez, de Guanabacoa, alumna de bachillerato en el Instituto de La Habana, murió destrozada por una bomba que los revolucionarios colocaron en el baño del teatro América. La violencia, en la Cuba de 1957 y 1958, se había generalizado por la confrontación de dos terrores: el de la dictadura y el de la revolución.

En aquella misma lista de 600 muertos de Bohemia se incluían los asaltantes de Palacio, los cuatro de Humboldt y los cincuenta que murieron en el levantamiento del 5 de septiembre en Cienfuegos. Sin embargo, quedaban fuera los centenares de muertos de la guerra que, felizmente, contabilizó el fallecido Armando M. Lago y Giberga. Según los cálculos de Lago, en la guerra rural murieron 646 revolucionarios y 595 batistianos, mientras que en la guerra urbana murieron 1,170 revolucionarios y 330 batistianos –el llano costó más sangre que la sierra. El total de muertes provocadas por el choque entre dictadura y revolución fue, según la única investigación que existe sobre el tema, de 2,741 cubanos.

De manera que el artículo de Bohemia multiplicaba por diez las muertes del conflicto, aunque reconocía por igual a las víctimas de ambos lados. La cifra de Bohemia halló carta de naturalización, durante varias décadas, en los discursos de Fidel Castro y en el relato histórico oficial. No sólo eso, también en algunas corrientes del exilio se arraigó el mito de los 20,000 muertos, ligado desde entonces a la idea de una ”revolución traicionada”. En el libro Marchas de guerra y cantos de presidio (1963), de Manuel Artime, por ejemplo, se incluía el texto ”¡Traición! Claman 20,000 cubanos”, consigna de los brigadistas de Bahía de Cochinos.

El que la cifra de los muertos sea 2,741 no altera la percepción de los años 57 y 58 como un momento de violencia generalizada en la historia cubana. La consagración de la violencia como método político alcanzó, entonces, una amplia legitimidad dentro del gobierno y de la oposición. Los muertos de aquellos años no pueden atribuirse, únicamente, al régimen de Fulgencio Batista: la revolución, como se ha visto, también hizo su parte. Desde el poder, los revolucionarios continuaron esa tradición y muy pronto sus opositores, salidos mayoritariamente de las filas antibatistianas, recurrirían, una vez más, a la violencia para tratar de impedir el avance del comunismo en Cuba.

Autor: Pedro Ramón López Oliver

Publicado también en: http://www.conexioncubana.net/opinion/la-cuenta-de-los-muertos/

Categorías:Artículos Propios Etiquetas: , ,
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

%d bloggers like this: