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El imperialismo, la oposición y la unidad partidaria.


El imperialismo

         La proximidad a Estados Unidos ha tenido un rol dual en el desarrollo del proceso revolucionario.  Ha sido para la revolución y para Castro fuente de peligros y de desestabilización, a la vez que ha representado el gran enemigo imprescindible para solidificar la voluntad revolucionaria en torno a la defensa de la patria y la nacionalidad.  La supuesta inminencia de la agresión estadounidense ha servido como coartada para fortalecer la unidad revolucionaria y mantener a una gran parte del pueblo cubano en efervescencia nacionalista.

La política hostil de EE.UU. hacia Cuba ha sido el justificante para el desfasado gasto militar en el presupuesto nacional y el permanente estado de alerta bélica en el que se mantiene el pueblo cubano.  Castro utiliza la falacia del peligro de invasión imperialista (denominación habitual de Castro para EE.UU.) y la realidad del bloqueo comercial impuesto por los Estados Unidos para justificar el desastre económico que ha sido la revolución cubana.

Los países de Europa Oriental no disfrutaron de un enemigo cercano cuya presencia constante fuese capaz de justificar los fracasos del sistema y solidificar la unidad popular en defensa de la nación.  Todavía hoy, cuando la guerra fría ha llegado a su fin, cuando una invasión a Cuba por parte de EE.UU. es, a todas luces, inimaginable, Castro recurre al gastado recurso de la agresión imperialista y de síndrome de David-Goliat para apelar a la dignidad popular y llamar al pueblo a cerrar filas ante el agresor para resistir y vencer:

“Cuando el peligro de agresión es mayor, cuando nosotros necesitamos más armas que nunca, tenemos menos armas que antes… Faltaran recursos, pero no faltara vergüenza, sentido de honor y del deber.  Podemos resistir y podemos vencer.  No defraudaremos al mundo, no defraudaremos a los que sueñan con un mundo mejor.”

La oposición

         En casi todos los países de Europa Oriental existía una oposición interna importante, cualitativa o cuantitativamente, con reconocimiento y legitimidad internacional o domestica.  La iglesia, los movimientos obreros, los colectivos de intelectuales y artistas, y en algunos casos personalidades de gran prestigio y renombre, dieron foco y personalidad a la oposición interna, que logro reconocimiento internacional a la vez que penetraba en la conciencia domestica.  Por otra parte, los grupos de exiliados eran débiles y poco importantes en la confrontación con el poder establecido.  No es así en Cuba.

En el caso cubano, la disensión interna manifiesta en control de espacio político ha sido tardía y menos importante.  La oposición escogió, o fue forzada a ello, abandonar el país antes que lograra desarrollarse como oposición interna, legitima y pacífica.  Como resultado se fortaleció el exilio, numérica y económicamente, y se debilito la oposición interna.

Hasta los años ochenta no surge en Cuba una oposición política, publica y pacífica, que promueve el cambio político consensuado, la reconciliación nacional y el dialogo como metodología para resolver los grandes problemas pendientes como la democratización del sistema político, el desarrollo económico eficaz y real y la reunificación familiar.

Pero la disidencia, que surgió alrededor de los grupos de derechos humanos, no contaba, ni cuenta, con individuos de gran renombre dentro o fuera de la Isla.  Los nombres han tenido que irse haciendo alrededor de una débil y exigua oposición interna, en un proceso lento y difícil.  Elizardo Sánchez Santacruz, Gustavo Arcos Bergnes y María Elena Cruz Valera son hoy las cabezas más visibles de esta oposición y cuentan ya con cierto reconocimiento internacional, a pesar de que los grupos que encabezan son minúsculos y poco conocidos internacionalmente.  Las formaciones de exiliados son mucho más fuertes que la disidencia interna, pero carecen del prestigio y reconocimiento de que gozaron los otrora sectores oposicionistas de Europa Oriental.

En el exilio han surgido dos agrupaciones importantes con visión trascendente del asunto cubano y con capacidad de acción respetable.  La Fundación Nacional Cubano Americana, fue formación de extrema derecha, está basada en Miami y muy vinculada al Partido Republicano de EE.UU.  La Fundación, sin renunciar a una retorica a favor de las soluciones violentas, en la práctica se dedica al cabildeo sobre la cuestión cubana en los corrillos de poder de EE.UU. y de algunos países latinoamericanos, y ahora en la antigua URSS y Europa del Este.  Este grupo ha logrado adquirir una gran influencia sobre la política de EE.UU. hacia Cuba.

El otro grupo, de más reciente formación, es la Plataforma Democrática Cubana, conformada por la convergencia de colectivos liberales, conservadores, democristianos y socialdemócratas, orientada por el periodista liberal Carlos Alberto Montaner.  La Plataforma, basada en Madrid, dedica sus esfuerzos a laborar en el ámbito internacional a través de los correspondientes organismos políticos internacionales a que sus distintas vertientes pertenecen.  Cuenta con algún acceso al Partido Demócrata de EE.UU. y a algunos partidos socialdemócratas latinoamericanos, así como con el apoyo de la Unión Internacional Demócrata Cristiana y la Internacional Liberal Progresista.  La plataforma coincide con el movimiento disidente interno en el rechazo a la violencia como método de cambio y se ha pronunciado a favor del dialogo con el gobierno de Castro.  Tiene vínculos con algunos sectores de la disidencia interna muy especialmente con Criterio Alternativo que lidera María Elena Cruz Valera.

La débil y exigua oposición interna, vista como contrapartida de un exilio fuerte, rico e influyente, ha sido utilizada por Castro para atemorizar a los cubanos de la Isla con la amenaza de que la alternativa al presente es el regreso de los cubanos exiliados, aliados del imperialismo yanqui, a recuperar sus bienes y realizar venganzas y persecuciones anticomunistas.  Castro ha logrado éxito en crear una imagen del exilio como un individuo ajeno a la realidad del país, que ha sufrido las vicisitudes y sacrificios por los que han pasado los habitantes de la Isla.  Un ser egoísta y superficial, preocupado por su beneficio económico personal, y al que solo le interesa el regreso a la Isla para recuperar sus bienes y retrotraer a Cuba a un pasado corrupto y despreciable.  Esto, irónicamente, es un país cuya historia ha sido, en gran parte, escrita y actuada por exiliados, desde las luchas independentistas del siglo XIX hasta los esfuerzos liberatorios del siglo XX.

La unidad partidaria

En los países de Europa del Este se daban serias diferencias ideológicas, personalistas y sectarias en el seno de la organización del partido y del Estado.  Distintas vertientes dentro de los partidos gobernantes se disputaban el poder o estaban listos para hacerlo.

En Cuba, las divisiones parecen ser de mucha menor intensidad, y el Jefe de Estado no es parte de las confrontaciones, sino arbitro de las mismas.  Las diferentes corrientes se disputan el poder disputándose el favor del Jefe de Estado.  Una vez que el máximo líder decide, la unidad partidaria se restablece y solo existen desavenencias o debates en aquellas áreas donde el máximo líder permite o deja sin resolver.

A diferencia de lo que sucedía en la URSS y los países del antiguo entorno comunista, no existen en Cuba grandes fisuras dentro de la dirigencia como para que algún sector pretenda utilizar las crisis ideológicas para mejorar su posición política a expensas de otras vertientes dentro del partido.  En Cuba hay un gran sector que es Castro, y cualquier otra facción solo busca aprobación.

Derechos de Autor

              Pedro Ramón López Oliver. Libro: Cuba: Crisis y Transición. Copyright (c) 1992 by the University of Miami.  Publicado por el Centro Norte-Sur dela Universidad de Miami.  Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el mundo.  Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna sin permiso previo del editor.

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