La liberación del mundo comunista.
A pesar de los grandes obstáculos del proceso reformista de la URSS, la repercusión de la perestroika y el glasnost en los países del entorno del “comunismo real” ha sido profunda y trascendental. La aparición de Gorbachev como líder de la URSS y propulsor de los cambios en el mundo de los países fraternos presento la condición sinequa non para las transformaciones cismáticas acaecidas en las naciones de Europa Oriental que provocaron “su huida hacia el futuro”.
Alexander Pumpianski, director de la revista soviética Tiempos Nuevos, lo expresa muy claramente: “Sin la perestroika en la URSS, en realidad nada hubiera ocurrido en los países satélites. El máximo de lo posible: un proceso lento, subterráneo y profundamente oculto a la mirada vigilante de Moscú. Ellos intentaron: el 53, en Berlín; el 56, en Hungría; el 68, en Checoslovaquia; e, indefectiblemente, los carros de combate soviéticos entraron, por decirlo así, en la discusión, privándolos por mucho tiempo de la fe en la posibilidad de los cambios. Después de Moscú[…]apareció Mijaíl Gorbachev, un dirigente que ha tratado de insuflar vida en el reino del inmovilismo. Comenzó a hablar de democracia, de una forma decidida y radical […]de la libertad de opción de los países y pueblos […](y) se rompió la compuerta. Con la piel, con una especie de sexto sentido, la gente comprendió que los carros de combate soviéticos estaban cansados […](y) ahora desde Moscú se ven solo las espaldas de nuestros hermanos euro-orientales en su carrera hacia Occidente”.
Esta carrera hacia la occidentalización a que alude Pumpianski solo producirse después de que la dirigencia reformista de la URSS asegurase claramente que, en su nueva relación con los países fraternales del entorno socialista, no pretendería imponer su criterio de modelo sociedad, de organización política o de sistema económico.
La nueva elite en la dirección de la URSS no solo ceso en su esfuerzo de evitar los cambios, sino que los propicio. A cada país miembro de la fraternidad socialista se le estimulo a encontrar su propio camino de desarrollo, dentro o fuera del sistema comunista, sin temor a la intervención de los tanques soviéticos.
El efecto de la nueva política hacia Europa del Este fue inmediato y profundo. Primero, los cambios moderados desde la cúspide del poder y después los cambios políticos radicales desatados por las presiones populares y latentes bajo la represión domestica y extraña. La expresión de la voluntad popular presente en la rebelión alemana de 1953, el levantamiento obrero en Polonia de 1956, la revolución húngara también del 56, la primera de Praga de 1968, las huelgas obreras de Gdansk en 1980 y el surgimiento de “Solidarnosc”, se manifestó de nuevo en 1989 en una carrera hacia el cambio radical y el alejamiento de la URSS que debía implementarse y concluirse antes de que se produjese una temida involución en el proceso de cambio soviético.
Lo rotundo de debacle del comunismo europeo, olvidandonos del estatismo tercermundista ahora vacio de ideología, lo pone en perfecta evidencia Milovan Djilas cuando afirma que el “sistema está en desintegración en todas sus formas, aunque todas las formas no se desintegran con la misma intensidad ni de raíz. No existe nada que tenga visos de mantenerse. Es más: nada, ni en el campo político ni en el económico, muestra indicios de un desplazamiento hacia la prolongación del sistema `socialista`, aunque reformado, ni tampoco hacia algún socialismo `mejor´ o mejora socialista. Simplemente se desintegra y desmorona todo el sistema y aparece el nuevo, todavía no formado definitivamente”.
Por otra parte, el historiador y sociólogo francés Alain Touraine puntualiza incontrovertiblemente “que no asistimos en ninguna parte a una reforma o a una reestructuración de un régimen comunista, sino, en todas partes, a la salida del comunismo. En todas partes se ha planteado la misma cuestión, ya formulada por [Eugene] Ionesco: ¿Cómo quitárnoslo de encima?”
Al elegir con libertad, los países del socialismo totalitario y la dictadura del proletario optaron por la democracia y la economía de mercado. El gran sueño revolucionario de justicia y libertad, trastrocado en la realidad degradante del marxismo-leninismo, ha terminado.
Derechos de Autor
Pedro Ramón López Oliver. Libro: Cuba: Crisis y Transición. Copyright (c) 1992 by the University of Miami. Publicado por el Centro Norte-Sur dela Universidad de Miami. Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el mundo. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna sin permiso previo del editor.
Notas
1J.A. Schumpeter, Capitalismo, socialismo, y democracia, Madrid: Ediciones Folio, S.A., 1984 95, 223.
2Identificar posiciones mediante el aserto negativo resulta, si no confuso, al menos incompleto. Sin embargo, en el caso presente utilizo el “no marxista” resultando el parámetro de la definición que de si mismo dio Schumpeter en su momento; distinguiéndose entre “los propugnadores de la sociedad fundada en la empresa privada y los propugnadores del socialismo democrático” se concibió a sí mismo como “uno que no es marxista”.
3Ibid., 194.
4Ludwig von Mieses, Socialísmo, Buenos Aires: Western Book Foundation.
5Agnes Heller, “Las revoluciones gloriosas” de la Europa del Este,” Claves, Oct. 1990: 26.
6Manuel Castells, “La nueva revolución rusa,” Claves, Oct., 1991: 12.
7Michel Tatu, “Un golpe de estado frustrado,” Politica Exterior, 5.22 (1991): 133.
8Ludwig von Mieses, Socialísmo, Buenos Aires: Western Book Foundation.
9Gertrude Schroeder, “The Soviet Economy on a Treadmill of Reform,”Soviet Economy in a Time of Change, 1979
10Wolfgang Leonhard, The Kremlin and the West: A Realistic Approach, London: w.w.
Norton & Company, 1984,
12 Mikhail Gorbachev, Perestroika: New Thinking for Our Country and the World, New York: Harper &Row, Publishers, 1987, 17-22.
13Ibid., 36
14Ibid., 37.
15Leonid Abalkin, “El future del Mercado en la URSS,” Política Exterior 4.15 (1990), 197.
16Abel Aganbegyan, LAperestrika económica: una revolución en marcha, Barcelona: Ediciones Grijalbo, 1989.
17Luis Ángel Rojo, “Reforma económica y crisis en la URSS,” Claves, Mayo, 1991, 20
18Luis Ángel Rojo, “La URSS sin plan y sin mercado, “ Claves, Abril, 1990,26.
19Jean Winiecki, “Por que Polonia se deja adelantar,” Europa se reencuentra, Ed. Marilo Ruiz de Elvira y Carlo Pelanda, Madrid: Ediciones El País, S.A., 1991, 97.
20Manuel Castells, “El comienzo de la historia,” El socialismo del futuro, 1.2 (1990), 72
21Mikhail Gorbachev, “El mundo futuro y el socialismo,” El socialismo del futuro, 1.1 (1990), 10.
22Alexander Pumpianski, “Europa del Este huye de nosotros…¿No valdrá la pena seguir sus pasos?”, Europa se reencuentra, Ed. Marilo Ruiz de Elvira y Carlo Pelanda, Madrid: Ediciones El País, S.A., 1991, 53
23Ibid., 62-63.
24Milovan Djilas, “Sociedad: no; movimiento: si,” El socialismo del futuro, 1.3 (1991), 41.
25Alain Touraine, “El nacimiento de las sociedades postcomunistas,” Claves, Abril, 1991,3.
El imperialismo, la oposición y la unidad partidaria.
La proximidad a Estados Unidos ha tenido un rol dual en el desarrollo del proceso revolucionario. Ha sido para la revolución y para Castro fuente de peligros y de desestabilización, a la vez que ha representado el gran enemigo imprescindible para solidificar la voluntad revolucionaria en torno a la defensa de la patria y la nacionalidad. La supuesta inminencia de la agresión estadounidense ha servido como coartada para fortalecer la unidad revolucionaria y mantener a una gran parte del pueblo cubano en efervescencia nacionalista.
La política hostil de EE.UU. hacia Cuba ha sido el justificante para el desfasado gasto militar en el presupuesto nacional y el permanente estado de alerta bélica en el que se mantiene el pueblo cubano. Castro utiliza la falacia del peligro de invasión imperialista (denominación habitual de Castro para EE.UU.) y la realidad del bloqueo comercial impuesto por los Estados Unidos para justificar el desastre económico que ha sido la revolución cubana.
Los países de Europa Oriental no disfrutaron de un enemigo cercano cuya presencia constante fuese capaz de justificar los fracasos del sistema y solidificar la unidad popular en defensa de la nación. Todavía hoy, cuando la guerra fría ha llegado a su fin, cuando una invasión a Cuba por parte de EE.UU. es, a todas luces, inimaginable, Castro recurre al gastado recurso de la agresión imperialista y de síndrome de David-Goliat para apelar a la dignidad popular y llamar al pueblo a cerrar filas ante el agresor para resistir y vencer:
“Cuando el peligro de agresión es mayor, cuando nosotros necesitamos más armas que nunca, tenemos menos armas que antes… Faltaran recursos, pero no faltara vergüenza, sentido de honor y del deber. Podemos resistir y podemos vencer. No defraudaremos al mundo, no defraudaremos a los que sueñan con un mundo mejor.”
La oposición
En casi todos los países de Europa Oriental existía una oposición interna importante, cualitativa o cuantitativamente, con reconocimiento y legitimidad internacional o domestica. La iglesia, los movimientos obreros, los colectivos de intelectuales y artistas, y en algunos casos personalidades de gran prestigio y renombre, dieron foco y personalidad a la oposición interna, que logro reconocimiento internacional a la vez que penetraba en la conciencia domestica. Por otra parte, los grupos de exiliados eran débiles y poco importantes en la confrontación con el poder establecido. No es así en Cuba.
En el caso cubano, la disensión interna manifiesta en control de espacio político ha sido tardía y menos importante. La oposición escogió, o fue forzada a ello, abandonar el país antes que lograra desarrollarse como oposición interna, legitima y pacífica. Como resultado se fortaleció el exilio, numérica y económicamente, y se debilito la oposición interna.
Hasta los años ochenta no surge en Cuba una oposición política, publica y pacífica, que promueve el cambio político consensuado, la reconciliación nacional y el dialogo como metodología para resolver los grandes problemas pendientes como la democratización del sistema político, el desarrollo económico eficaz y real y la reunificación familiar.
Pero la disidencia, que surgió alrededor de los grupos de derechos humanos, no contaba, ni cuenta, con individuos de gran renombre dentro o fuera de la Isla. Los nombres han tenido que irse haciendo alrededor de una débil y exigua oposición interna, en un proceso lento y difícil. Elizardo Sánchez Santacruz, Gustavo Arcos Bergnes y María Elena Cruz Valera son hoy las cabezas más visibles de esta oposición y cuentan ya con cierto reconocimiento internacional, a pesar de que los grupos que encabezan son minúsculos y poco conocidos internacionalmente. Las formaciones de exiliados son mucho más fuertes que la disidencia interna, pero carecen del prestigio y reconocimiento de que gozaron los otrora sectores oposicionistas de Europa Oriental.
En el exilio han surgido dos agrupaciones importantes con visión trascendente del asunto cubano y con capacidad de acción respetable. La Fundación Nacional Cubano Americana, fue formación de extrema derecha, está basada en Miami y muy vinculada al Partido Republicano de EE.UU. La Fundación, sin renunciar a una retorica a favor de las soluciones violentas, en la práctica se dedica al cabildeo sobre la cuestión cubana en los corrillos de poder de EE.UU. y de algunos países latinoamericanos, y ahora en la antigua URSS y Europa del Este. Este grupo ha logrado adquirir una gran influencia sobre la política de EE.UU. hacia Cuba.
El otro grupo, de más reciente formación, es la Plataforma Democrática Cubana, conformada por la convergencia de colectivos liberales, conservadores, democristianos y socialdemócratas, orientada por el periodista liberal Carlos Alberto Montaner. La Plataforma, basada en Madrid, dedica sus esfuerzos a laborar en el ámbito internacional a través de los correspondientes organismos políticos internacionales a que sus distintas vertientes pertenecen. Cuenta con algún acceso al Partido Demócrata de EE.UU. y a algunos partidos socialdemócratas latinoamericanos, así como con el apoyo de la Unión Internacional Demócrata Cristiana y la Internacional Liberal Progresista. La plataforma coincide con el movimiento disidente interno en el rechazo a la violencia como método de cambio y se ha pronunciado a favor del dialogo con el gobierno de Castro. Tiene vínculos con algunos sectores de la disidencia interna muy especialmente con Criterio Alternativo que lidera María Elena Cruz Valera.
La débil y exigua oposición interna, vista como contrapartida de un exilio fuerte, rico e influyente, ha sido utilizada por Castro para atemorizar a los cubanos de la Isla con la amenaza de que la alternativa al presente es el regreso de los cubanos exiliados, aliados del imperialismo yanqui, a recuperar sus bienes y realizar venganzas y persecuciones anticomunistas. Castro ha logrado éxito en crear una imagen del exilio como un individuo ajeno a la realidad del país, que ha sufrido las vicisitudes y sacrificios por los que han pasado los habitantes de la Isla. Un ser egoísta y superficial, preocupado por su beneficio económico personal, y al que solo le interesa el regreso a la Isla para recuperar sus bienes y retrotraer a Cuba a un pasado corrupto y despreciable. Esto, irónicamente, es un país cuya historia ha sido, en gran parte, escrita y actuada por exiliados, desde las luchas independentistas del siglo XIX hasta los esfuerzos liberatorios del siglo XX.
La unidad partidaria
En los países de Europa del Este se daban serias diferencias ideológicas, personalistas y sectarias en el seno de la organización del partido y del Estado. Distintas vertientes dentro de los partidos gobernantes se disputaban el poder o estaban listos para hacerlo.
En Cuba, las divisiones parecen ser de mucha menor intensidad, y el Jefe de Estado no es parte de las confrontaciones, sino arbitro de las mismas. Las diferentes corrientes se disputan el poder disputándose el favor del Jefe de Estado. Una vez que el máximo líder decide, la unidad partidaria se restablece y solo existen desavenencias o debates en aquellas áreas donde el máximo líder permite o deja sin resolver.
A diferencia de lo que sucedía en la URSS y los países del antiguo entorno comunista, no existen en Cuba grandes fisuras dentro de la dirigencia como para que algún sector pretenda utilizar las crisis ideológicas para mejorar su posición política a expensas de otras vertientes dentro del partido. En Cuba hay un gran sector que es Castro, y cualquier otra facción solo busca aprobación.
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El fin de la revolución cubana. (Capitulo II. Cuba: Crisis y Transición.)
Los cambios radicales ocurridos en la URSS y la Europa Oriental han tenido importantes repercusiones en la sociedad cubana a pesar de no haberse traducido en cambios liberalizadores de sus estructuras políticas y económicas. El efecto en el orden práctico e ideológico ha sido devastador, aunque Cuba no ha podido ignorar las transformaciones sistemáticas ocurridas en la antigua URSS y el resto del mundo comunista, las características singulares de la revolución cubana hacen supones que las repercusiones de tales transformaciones se manifiesten en Cuba de formas y maneras sustancialmente diferentes, tanto en su alcance como en su profundidad y su tempo. La naturaleza del régimen cubano y, sobre todo, el carácter y las peculiaridades de su líder, Fidel Castro, sitúan el caso isleño en contexto aparte.
Características singulares de la revolución
La democratización del mundo comunista ha tenido, sin duda, efectos importantes en la isla, pero su repercusión no ha sido de tal envergadura que se pueda considerar como “históricamente inevitable” e inminente la transformación de la sociedad cubana en su ordenamiento económico y político. Es lógico que en Cuba ocurran cambios y transformaciones serias en la organización socioeconómica y política del país, pero estos se realizaran a un ritmo muy lento, con toda la prudencia que requieren cambios que pueden, si se van de la mano, desestabilizar totalmente el complicado entramado organizativo de una sociedad totalitaria. Cualquier intento de reformas estructurales que tiendan a aliviar los efectos perniciosos que sobre Cuba han tenido los cambios en los países del Este y la antigua URSS es rechazado por Castro, aun a expensas del continuo aumento en las dificultades económicas de toda índole.
Hay una serie de factores clave que coinciden en la situación cubana y que dificultan extremadamente el cambio espontáneo o la reacción inmediata concatenada con las transformaciones del mundo comunista europeo. Algunos de estos factores han estado presentes en una o en varias de estas sociedades, pero el cumulo de situaciones que se producen en el caso cubano se convierten en un formidable freno al cambio político-económico espontaneo o rápido y hacen de Cuba un caso diferente.
El caudillismo carismático de Castro y la dependencia de la revolución en su persona son los factores determinantes que impiden el cambio. Otros elementos son los negros, como grupo social mayoritario y con cierta fidelidad especial al movimiento revolucionario; los Estado Unidos, como enemigo preferido y elemento galvanizador de las fuerzas revolucionarias mediante el recurso a los sentimientos nacionalistas más primitivos; la oposición, el exilio como segundo enemigo preferido que se utiliza para atemorizar al pueblo cubano ante el supuesto espíritu de venganza o recuperación de esa comunidad, la unidad aparente del Partido Comunista Cubano y las fuerzas armadas; los altos niveles de represión impuestos en Cuba por el castrismo; la desaparición casi absoluta de las instituciones del antiguo orden social y la fragilidad del acervo cultural y social de ese orden vencido; los logros, elevados a mitología, de la revolución en las presentaciones sociales y en el campo internacionalista y, desde luego, muchas otras peculiaridades menores.
El caudillismo
La revolución cubana tiene ciertas características esenciales que dificultan y complican la realización de transformaciones sustanciales en la sociedad revolucionaria. La característica más evidente y más trascendental es el caudillismo presente en el proceso revolucionario desde sus mismos orígenes.
Castro es la encarnación del clásico caudillo latinoamericano, con los matices de la contemporaneidad y la ideología. El Nobel de literatura mexicano Octavio Paz, en una conversación con Claudio Fell publicada en la revista mexicana Plural 50 (1975) describe así al caudillo:
“El caudillo es heroico, épico, es el hombre que esta mas allá de la ley, que crea la ley. El presidente es el hombre de la ley: su poder es institucional. Los presidentes […] tienen poder mientras son presidentes […] pero deben su poder a la investidura. En el caso de los caudillos hispanoamericanos, el poder no les viene de la investidura, sino que ellos dan a la investidura el poder”.
Sigue diciendo Octavio Paz que los grandes problemas del caudillismo son la legitimidad y la sucesión:
“Aquí aparece al lado del tema del poder terrible. Otra vez el tema de la legitimidad. El misterio o enigma del origen […] El caudillismo, que ha sido y es el verdadero sistema de gobierno latinoamericano, no ha logrado resolverlo, por esto tampoco ha podido resolver el de la sucesión. En el régimen caudillesco, la sucesión se realiza por el golpe de Estado o por la muerte del caudillo. El caudillismo, concebido como el remedio heroico contra la inestabilidad, es el gran productor de inestabilidad en el continente. La inestabilidad es consecuencia de la ilegitimidad”.
Quizás la característica esencial de la revolución cubana sea el sincretismo entre el personalismo caudillista original de la revolución y el bagaje ideológico del marxismo-leninismo, integrado a posteriori; el caudillismo típico latinoamericano fortalecido por una ideología de carácter global: el marxismo-leninismo, que provee de cierta legitimidad a quien de otra forma sería un mero caudillo a ultranza. Estas dos condiciones que se acompañan e integran preservando cada una de sus características naturales esenciales, convirtiendo la experiencia revolucionaria cubana en un curioso exponente de sincretismo político. El caudillismo obtiene legitimidad de ideología y a la inversa, el marxismo-leninismo obtiene legitimización popular del respaldo y por la voluntad del caudillo, Fidel Castro. La ideología legitimíza al caudillo. El caudillo legitimíza la ideología.
Desde el inicio de la etapa insurreccional el 26 d Julio de 1953 hasta el discurso de Fidel Castro el 1° de Diciembre de 1961, en el que se declaro a sí mismo y a la revolución como marxista-leninista, el rumbo ideológico y doctrinario de la revolución se caracterizo por su dinamismo. Durante toda la etapa insurreccional y los primeros meses de la revolución en el poder, el movimiento revolucionario se identifico con el reformismo progresista latinoamericano y con los movimientos socialdemócratas cubanos conocidos como el autenticismo y la ortodoxia. Sus fundamentos ideológicos fueron antiimperialismo, el nacionalismo, la reforma agraria, la industrialización, la libertad política, etc. En resumen, un ideario reformista burgués muy en su tiempo y su época.
En los primeros meses de la revolución, Fidel Castro la definió como “humanista” y sus principios políticos y sociales como “humanismo democrático”, un camino equidistante del comunismo y del capitalismo que postulaba un sistema respetuoso de las libertades del ser humano y prometía un futuro donde, según sus propias palabras, no hubiese: “pan sin libertad, ni libertad sin pan. Ni dictaduras de hombres, ni dictadura de castas u oligarquías de clases. Libertad con pan sin terror”.
Una vez en el gobierno, la ideología de la revolución va cambiando para amoldarse a los requisitos del régimen y su líder.
Lo que se mantiene constante es la voluntad de protagonismo de Fidel Castro, su incontrolable necesidad de poder personal absoluto. Esta característica de Castro se manifiesta ya en la etapa insurreccional, cuando pretende y logra que su movimiento sea el preponderante dentro de cualquier alianza o acuerdo oposicionista y obtiene para sí el control absoluto de la actividad insurreccional contra la dictadura de Batista.
El absolutismo personalista de Fidel Castro se agudizo una vez en el gobierno. Los dos primeros años se caracterizaron, entre otras cosas, por su acumulación de poder a expensas de los demás grupos, líderes e instituciones. Castro muestra un voraz apetito por el ejercicio del poder de forma ilimitada, sin balances, equilibrios o parámetros. Cualquier intención o esperanza de oposición legítima y condena del comandante Huber Matos. La condena de Matos marca el momento a partir del cual cualquier crítica o disensión se cataloga como traición.
Las características de personalismo y caudillismo de la revolución cubana no solo se han moderado con el transcurso de treinta y tres años de poder absoluto, sino que se han acentuado. En palabras del periodista y documentalista estadounidense, admirador de Castro, Saúl Landau:
“Fidel, como Luis XIV, es el Estado, su presencia sigue paralizando a Cuba. La gente que ha alcanzado la edad adulta con Fidel, comprende que las instituciones y la constitución que el creo, nunca podrán ser puestas a prueba mientras no haya hecho mutis. Fidel, quizá sin querer, socava todas las decisiones que no son suyas: ya que puede, a discreción, cambiar una ley, un decreto, un plan económico…”
De ahí que la conformación final del Estado cubano haya sido singular. Al implantar la revolución, el fidelismo desbordo su marco original de movimiento de masas y constituyo todo un sistema de gobierno donde eventualmente se fundió el pensamiento marxista-leninista con un profundo caudillismo y se conformo un estado totalitario monocratico, fundamentado en la dominación del caudillo sobre el Partido, el Partido sobre el Estado y el estado sobre la sociedad; un sistema donde siempre prima el caudillo, legimitizado por la ideología y por su carácter histórico de héroe libertador y padre de la revolución.
El Estado cubano ha quedado conformado como un Estado sincrético de caudillo e ideología en el que la ideología — marxismo-leninismo — es legitimizada por la comunión con el caudillo, quien esta mas popularmente consensuado que el sistema; la permanencia del caudillo en el poder es legitimizada por el andamiaje ideológico del marxismo-leninismo.
Según el sociólogo cubano Juan Valdez Paz:
“En este país existen dos sistemas políticos: Fidel y las masas, y el partido y la sociedad; el liderazgo de Fidel es una realidad nacional, un fenómeno histórico inevitable. El problema, para la revolución cubana, es como despersonalizar en el futuro el sistema político. Fidel tiene más consenso social que el mismo sistema…”
Mas sucintamente, el eminente sociólogo estadounidense y gran conocedor de asuntos cubanos, Irwing Louis Horowitz, explicando la estalinización del castrismo, apunta que “La nación se reduce a si misma a el mismo”.
Desde luego que el caudillo que caracteriza al régimen cubano y que es parte integral del proceso revolucionario, no es único en la historia del marxismo-leninismo; todo lo contrario. Los grandes líderes de las revoluciones marxistas autóctonas, Mao, Lenin, Stalin, Kim Il Sung, Castro, ejercieron, o ejercen, una influencia desmedida sobre sus revoluciones y sus pueblos durante, y aun después de, sus vidads. Kim Il Sung y Castro son los únicos que aun viven. Ambos siguen al frente de sus respectivos países como Jefes de Estado y líderes máximos del proceso revolucionario. Esta es una de las características diferenciadoras más importantes entre Cuban y los países de Europa del Este.
La presencia del caudillo y padre de la revolución, omnipotente y omnipresente, permea y controla la vida de la nación, dando lugar a una sociedad fundada sobre un líder supercarismatico y un estado autocrático. El gobierno cubano, a diferencia de casi todos los otros gobiernos comunistas del mundo y similarmente al antiguo gobierno rumano y al actual de Corea del Norte, es un gobierno perfectamente monocrático, donde la voluntad de un hombre prevalece ante todo y ante todos.
Aunque está claro que Fidel Castro no toma todas las decisiones en Cuba, si toma todas aquellas decisiones que desea tomas. Todas sin interferencia individual o institucional. Todo el poder de decisión se concentra en una persona, que solo consulta a quien desea sobre los temas que desea. Fidel Castro es el fundador de la nueva sociedad, el líder máximo de la insurrección histórica y de la revolución; el padre, el brazo armado, el hombre pensante, el guerrero, el ideólogo, el jefe de la economía, de la cultura, de la sociedad, el árbitro social y político. Sus ideas, enmarcadas en sus discursos, se convierten en dogma y la opinión expresa de los cubanos es copia a carbón de la del máximo líder.
Fidel Castro supone comunicarse directamente con el pueblo y encarnar las aspiraciones del pueblo, sin tener que depender de las asociaciones de masa o de los organismos oficiales. Supone existir una relación directa y simbiótica entre el líder y su pueblo, que le permite dirigir la revolución en perfecta comunión con sus seguidores sin necesidad de cuadros intermedios. Castiga y recompensa directamente, y solo existe en el país la autoridad que el emana, que no puede ser ejercida por otros sino por delegación de el. En fin, un sistema monocratico digno de libros de textos de politología y sicología.
Este tipo de organización estatal es radicalmente diferenciable de la de los otros países socialistas. En Cuba, solo un hombre decide el camino del país, solo Fidel Castro Puede decidir qué cambios o reformas son deseables y aceptables en cada momento y ordenar su implementación o su abandonado.
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“Perestroika” y “Glasnost”. (Cuba: Crisis y Transición)
Según Gorbachev, la situación de crisis social y económica por que atravesaba el país dio lugar a que ya en la reunión plenaria del PCUS de Abril de 1985, tan solo un mes después de su toma de posesión, se presentase al partido un plan inicial que había de servir de base al trabajo de reestructuración que la URSS requería.
Pero sus planeamientos se limitaron a lo que concebía como uno de los graves errores de permisividad de la era brezhneviana: la desvinculación entre el individuo y los principios socialistas en la vida cotidiana del soviético de a pie. En su informe al pleno, Gorbachev acentuó la necesidad de vincular estrechamente al individuo con la ideología, de manera de influir con efectividad el comportamiento del ser humano bajo el comunismo.
Gorbachev reencauzó el relevo de dirigentes comenzado por Andropov en 1983, pero sin embargo no renuncio a los planteamientos de la época de Brezhnev hasta principios de 1986.
Con motivo, quizás, de las manifestaciones del propio Gorbachev, se ha generalizado la idea de que el comienzo “oficial” de la perestroika debe considerarse como el XXVII Congreso del PCUS, celebrado en Moscú del 25 de Febrero al 6 de Marzo de 1986, aunque no fue hasta la primavera de 1987 cuando el termino de perestroika comenzó a utilizarse públicamente por Gorbachev y el resto de la dirigencia soviética.
En sus orígenes, la perestroika se definió como un esfuerzo heroico en la reestructuración del socialismo soviético. Una reestructuración profunda que pretendía unir el socialismo con cierta forma de democracia; pero todo, sin duda, dentro del campo socialista. Según Mijail Gorbachev: “Me gustaría aclarar de nuevo que estamos efectuando nuestras reformas de acuerdo con la opción socialista. Estamos buscando dentro del socialismo, en lugar de fuera, las respuestas a las interrogantes que surgen[…] procederemos dentro del socialismo en lugar de alejarnos de él. Y decimos esto con toda honestidad, sin intenciones de engañar a nuestro pueblo ni al mundo. Cualquier esperanza de que nosotros construyamos una sociedad diferente, una sociedad no socialista y nos pasemos al otro bando, son esperanzas irreales y fútiles”.
Mijail Gorbachev caracterizo la crisis del comunismo soviético, no como el producto de fallas inherentes al sistema, sino como resultado de la falta de consistencia en aplicar los principios del socialismo. Entendió que el alejamiento de la sociedad y la economía de los principales socialistas y la distorsión de tales principios junto con la incorrecta aplicación de métodos y formulas de administración socialista, componían la razón básica de la crisis económica. Entendió como un gran error la utilización de técnicos de administración que empleados en las etapas primarias del socialismo perdieron su validez ante el desafío de la administración contemporánea. De ahí su renuncia inicial a incorporar al debate social, opciones de desarrollo basadas en los conceptos tradicionales de la economía de mercado.
A partir del énfasis en la revisión y reestructuración de la economía soviética, Mijail Gorbachov propuso el glasnost, o la transparencia. La transparencia en la acción gubernamental y el sometimiento del aparato estatal a la crítica y el juicio de la población. Desde el glasnost, Mijail Gorbachev estimulo la participación ciudadana — obreros, campesinos, científicos, estudiantes, profesionales— en la discusión, diseño e implantación de los planes de renovación económica y social que en su conjunto incluían reestructuración política y renovación democrática. Oficialmente se amplió el espacio de discusión permitido, al punto de que se hizo imposible controlar los límites de la discusión sobre el futuro del país. La intención de limitar el debate a la reestructuración económica dentro del socialismo o la economía planificada pronto desapareció como limitante a la perestroika.
De ahí las manifestaciones de Leonid Abalkin, a la sazón vice-presidente económico del gobierno soviético, en una entrevista a Literaturnaya Gazeta, posteriormente producida y traducida al castellano, donde utilizando el espacio de debate económico propone la economía de mercado como potencial solución de los problemas de la URSS:
“El paso al mercado es un problema de la máxima importancia, el siglo XX lo ha confirmado plenamente: solo una economía de mercado es capaz de asegurar la eficiencia que necesita una economía nacional. La praxis mundial no conoce ni un solo país altamente desarrollado que careciera de estructuras de mercado. Al mismo tiempo, los países que no disponen de estructura de mercado, dan ejemplos de inflexibilidad, baja eficiencia, retraso en el progreso tecnológico. El mercado resulto un fenómeno dado a luz por la civilización humana por vía de la selección natural”.
Desde la reforma constitucional de Diciembre de 1988, el ámbito del debate se amplió considerablemente y lo que se comenzó a discutir en la URSS, desde entonces, fue la reestructuración de la economía soviética, ya no dentro de la opinión socialista, sino todo lo contrario, desmantelando el centralismo burocrático para adaptar la economía soviética a una economía de mercado pluralista donde coexistiesen unidades de producción y distribución estatales, privadas, cooperativistas, etc., pero todo respondiendo a una política de precios, producción y distribución sujeta a las realidades de la economía de mercado. Abel Aganbeyan hace un análisis profundo y detallado de la economía soviética y sus reformas aunque sus propuestas son menos atrevidas que las de Abalkin.
A partir de 1990, los límites al debate sobre futuro soviético desaparecen. La liberalización estimulada por Gorbachev provoca, además de una expectación liberadora y de progreso económico en la población, innumerables problemas y conflictos de toda estirpe. Probablemente el más acuciante fue el de las tensiones y confrontaciones entre las repúblicas y el gobierno central.
Un grupo de repúblicas se proclamaron independientes; otro grupo importante de repúblicas, incluyendo Rusia, manifestaron sus intenciones de desarrollarse con gran autonomía y semiindependencia del gobierno central; y aun alguna provincias, respondieron a sus etnias preponderantes, pretendieron lograr autonomía o independencia de sus repúblicas correspondientes.
Las tremendas confrontaciones y pugnas entre los grupos conversadores y reformistas dentro de la legislatura soviética y la aparente indecisión de Gorbachev en marcar camino claro, paralizaron al país, descarrilando las propuestas sobre transformaciones económicas y poniendo en peligro los logros políticos del glasnot. A los seis años de perestrika y glasnot la confusión y el desorden en la Unión Soviética se convirtieron en parte del común acontecer. El reformismo no termina de cuajar.
Del gobierno soviético surgieron propuestas tan audaces como las de Stanislav Shatalin, quien puso sobre la mesa un plan de 500 días para pasar a una economía de mercado, y tan timoratas como las de, a la sazón primer ministro, Nikolai Rizkhov. Hasta principios de 1991 se avanza un poco en la transformación de la sociedad y la economía soviética.
Mientras en los países otrora satélites se opto por claras y definidas avenidas de desarrollo económico y la democratización de sus regímenes se hizo palpable e institucional, la madre de los cambios, la URSS, se sumergió en un agudo estado de crisis que permea todos los ámbitos sociales. Es necesario reconocer que quizás la gran diferencia entre el ritmo de cambio en la URSS y en los países de Europa del Este, fue el profundo cambio ocurrido en estos últimos — salvo Rumania y Bulgaria — que determino el reemplazo sustancial de las dirigencias comunistas, mientras que en la URSS el aparato burocrático permaneció más o menos intacto.
El economista español Luis Ángel Rojo, en un análisis sobre las reformas soviética, entiende que “…ningún marxista podía creer que la burocracia planificadora, el aparato del PCUS o las autoridades locales fueran a colaborar de buen grado en los proyectos que iban en contra de sus intereses; y, así Gorbachev y su entorno pudieron comprobar cómo las medidas flexibilizadoras, introducidas a partir 1987, eran debilitadas en sus efectos por las normas, interpretaciones y conductas con las que esa extensa burocracia condiciono su aplicación y ratifica muy acertadamente las contradicciones de este periodo soviético que ya había calificado como uno a la deriva, “sin plan, ni mercado”.
Por otra parte, el economista polaco Jean Winiecki coincidió en que era así, “porque aquellos que controlan el sistema económico soviético y viven de ese sistema, es decir, los apparatchiki (funcionarios del partido) y burócratas del Estado, siempre han sido capases de detener el proceso de transición. La transición podrá empezar en serio solo después de una ruptura del monopolio comunista del poder”.
El sociólogo español Manuel Castells analizo la situación soviética desde una referencia cautelosa y preocupante que dejaba ver la posibilidad involutiva en el proceso reformista.
A pesar de las innumerables contradicciones y confrontaciones, producto de los cambios y las reformas auspiciadas por Gorvachev, el panorama soviético parecía comenzar a despejarse. En Abril de 1991, nueve de las quince repúblicas soviéticas firmaron un protocolo con el poder central que estableció una serie de principios sobre los cuales se desarrollarían las relaciones futuras entre Moscú y las repúblicas. El acuerdo preveía una relación tendente a la confederación, donde Moscú renunciaba a un cumulo importante de autoridades sobre las repúblicas y estas preservaban su soberanía. Además, se establecieron ciertos criterios para que las repúblicas que no quisieren pertenecer a la Unión — probablemente las seis repúblicas no firmantes — pudieran separarse formal y pacíficamente de la URSS.
El 29 de Mayo de 1991, Yevgeni Primakov, asesor del presidente soviético, presento las primicias de un nuevo plan económico para la URSS a los asesores del presidente estadounidense, George Bush. El nuevo plan fue llamado “programa anti-crisis” presentado por el mismo ministro Valentín Pavlov en Marzo de 1991, y que después de haber sido sujeto a múltiples reformas y revisiones se convirtió en aceptable a 13 de las 15 repúblicas soviéticas. Solamente Estonia y Georgia rechazaron el convenio.
Los logros de los primeros meses de 1991 en cuanto a cooperación y entendimiento entre las repúblicas y el poder central parecían aminorar el peligro de desintegración y desaparición de la URSS como gran potencia mundial. Por otra parte, en el nuevo plan económico se establecían la privatización, la inversión extranjera y el sistema de mercado como componentes esenciales para el desarrollo económico de la URSS.
El programa presentado por Pavlov intentaba conjugar el del gobierno central con las propuestas de Shatalin auspiciar la transformación absoluta de la economía soviética abandonando definitivamente los conceptos de producción y distribución económica centralmente planificada, sustituyéndolos por los de una economía descentralizada que respondiese a los estímulos del mercado. Parecía que definitivamente la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas avanzaba hacia una nueva forma de unión con un plan sensato y consensuado.
Ya ha mediados de 1991 se manifestaba cierta tendencia hacia el progreso y la democratización, aunque interrumpida por tropezones y retrocesos que hacían el camino mucho más difícil e inseguro pero que no terminaban con la esperanza de cambio hacia una sociedad mejor. Gorbachev lo explico con franqueza:
“Hay que decir que la perestroika ha resultado ser un proceso difícil y doloroso. Mas difícil de lo que nos imaginábamos al principio. Cada paso adelante por el camino de la renovación de la sociedad saca a la superficie nuevos problemas. Hoy día nuestra sociedad atraviesa, seguramente, la etapa más responsable. Es muchísimo lo que se juega en una sola carta.
Nosotros no renunciamos al socialismo, sino a todo lo que le es ajeno…. Pero una cosa esta clara (y eso confirma nuestra experiencia): el socialismo no se puede implantar por la violencia. El “socialismo” forzoso es funesto para el ideal socialista, es una profanación.
En el crisol de la perestroika nace la nueva y moderna concepción del socialismo humanitario y democrático.”
Los graves problemas políticos y orientativos de la URSS parecían terminarse durante el mes de Julio de 1991 cuando Gorbachev hizo nuevas concesiones al presidente ruso Boris Yeltsin y a las repúblicas, las cuales serian formalizadas en un tratado a firmar el 20 de Agosto de 1991, mediante el cual se traspasaba a las repúblicas el control de sus economías y se allanaba el camino para instituir reformas económicas fundamentales que no podían ser entorpecidas por el PCUS ni por los sectores más conservadores del gobierno central. A la vez, estas reformas sentaban bases legales las cuales, al conceder mayor autoridad a las repúblicas, ponían en peligro el desenvolvimiento y la supervivencia del gobierno central.
La inminencia de la firma del pacto interrepublicano, la parálisis económica del país y la agudización de los antagonismos dentro de la dirigencia, entre otros, fueron los factores propulsores de la intentona golpista del 19 de Agosto de 1991. Paradójicamente, el fracaso del golpe de Agosto acelero el fin del comunismo en la URSS y probablemente en el mundo. Los sectores conservadores soviéticos perdieron su fuerza política, el nacionalismo y mercadismo de Yeltsin prevaleció sobre la agotada pretensión gorbacheviana de reformas dentro de las estructuras del centralismo comunista y por otra parte, el proceso de apertura política y económica se abrió de par en par, mientras que la desintegración nacionalista se aceleraba. Del fracaso de la perestroika nació algo nuevo que parece abrazar la democracia y la economía de mercado como parangón del nuevo sistema.
Derechos de Autor
Pedro Ramón López Oliver. Libro: Cuba: Crisis y Transición. Copyright (c) 1992 by the University of Miami. Publicado por el Centro Norte-Sur dela Universidad de Miami. Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el mundo. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna sin permiso previo del editor.
Las Reformas y Las Reformas a las Reformas. (Cuba: Crisis y Transición)
La relativa libertad intelectual durante los años de Krushchev hizo viable cierto debate sobre las posibilidades del modelo económico soviético y sus problemas más acuciantes. En Abril de 1962, el economista Evsei G. Liberman, protegido del académico V.S. Nemchinov y por influencias de este, logro presentar sus propuestas de reformas ante el Consejo Científico de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética. Legitimadas por tal presentación, las teorías de Liberman fueron difundidas y puestas a debate nacional en un artículo suyo: “plan, Renta y Bonificación” publicado por Pravda en Septiembre de 1962. La publicación del artículo de Liberman provoco el más intenso debate sobre la economía soviética y su organización, desde el triunfo de la revolución rusa hasta Gorbachev.
Liberman propuso serios y profundos cambios estructurales en la organización de los sistemas de producción y distribución de bienes. Propuso incrementar las responsabilidades de los gerentes a expensas del aparato de planeamiento centralizado, manteniendo el último sus facultades para determinar los niveles de producción de las empresas, pero autorizo a los gerentes a determinar la composición de la producción. Con esta división de facultades se pretendía que el cálculo económico específico y complejo, sujeto a las variaciones de la oferta y demanda, se simplificase al permitir que las decisiones fuesen tomadas a nivel gerencial. Al colocar la capacidad de decisión productora a nivel gerencial, se limitaría la necesidad de información requerida a aquella pertinente a cada gerente individual para el desempeño de sus funciones específicas.
También fue otra de las propuestas de Liberman que este sistema decisional fuese acompañado de un sistema de bonificación que premiase al gerente según la eficiencia y rentabilidad de la empresa en mediaciones a largo plazo. Sin embargo, las propuestas de Liberman no incluyeron reformas en el sistema de precios y costos, lo que fue cuestionado por los reformistas más radicales, quienes argumentaron que un sistema basado en la libertad y la rentabilidad gerencial tenía que ir de la mano con reformas en la adjudicación de los precios para que estos realmente reflejaran los valores de todos los ingredientes de la producción.
En 1965, el Soviet Supremo adopto una serie de reformas económicas en línea con las propuestas del profesor Liberman, pero preservando mas facultades a nivel de planeamiento central y con serias limitaciones en la determinación de precios. Estas reformas oficiales, aunque limitadas, representaron una disminución del poder de los apparatchiki. Por lo tanto, desde el primer momento recibieron la oposición del aparato burocrático, que trato de obstruir y hasta sabotear el proceso de reformas.
Desde 1965, la URSS estuvo sujeta a reformas, rectificaciones y contrarreformas de manera constante, sin lograr mejorar la eficiencia ni descentralizar la economía; por el contrario, durante los años sesenta y setenta, el ritmo de desarrollo económico continuó descendiendo. Según Gertrude Schroeder, hacia mediados de los setenta, al final de una década de reformar las reformas, la naturaleza del sistema económico soviético no se había alterado de manera esencial. El sistema mantuvo sus características fundamentales de rígida planificación, rígida centralización, producción deficiente, racionamiento formal de casi todos los artículos de consumo, precios artificialmente establecidos por el poder central e incentivos basados en el cumplimiento de los planes centrales.
Como indica Wolfgang Leonhard, los ochenta se iniciaron en la URSS con una crisis palpable en todos los órdenes de la vida civil. Las contradicciones entre la demanda socio-económica de la sociedad industrializada y la magra oferta de un sistema de producción fundamentado todavía en la organización estructural estalinista, produjeron un sustancial desfase entre las necesidades del pueblo y la oferta estatal. Esta severa inconsistencia entre la demanda popular y la oferta oficial arruino la moral de la población y resquebrajo su dependencia en el edificio ideológico del marxismo-leninismo.
El marxismo-leninismo ofreció al pueblo soviético un sistema completo de pensamiento por el cual “científicamente” se terciaba del lado de la historia y del mañana y se monopolizaba la razón. La doctrina suplía los instrumentos necesarios para analizar el futuro y el presente con infalibilidad, y para explicar todas las interrelaciones entre la sociedad, la política, la economía, la ciudadanía y la estructura doctrinal e ideológica.
El determinismo histórico proveía el fundamento y la certeza de que se avanzaba indefectiblemente hacia el progreso, la sociedad sin clases, la libertad económica y política y la felicidad. Más, sin embargo, las cualidades y limitaciones de la vida cotidiana, en tremenda contradicción con los postulados ideológicos del marxismo-leninismo, erosionaron la legitimidad y credibilidad de la ideología. La escases de productos de consumo, la crisis de la vivienda, el fracaso de la agricultura, el surgimiento de una nueva clase privilegiada, el incremento del robo, el soborno, el ausentismo, la alcoholización de la población; en fin, el abismo cada vez más amplio entre la teoría y la realidad de la sociedad soviética, apuntaron hacia el desplome efectivo del “socialismo dictatorial” y la imperiosa necesidad de profundos cambios en el sistema.
El economista español Rafael Termes, en un análisis de la situación de la URSS y los países de Europa del Este, resume la problemática certeramente al manifestar que “si bien los sistemas socialistas, impuestos y mantenidos por la fuerza, consiguieron incrementar los niveles de producción durante las primeras y elementales etapas de reconstrucción industrial, resulta de toda evidencia que son incapaces de conseguir que las economías evolucionen hacia sistemas modernos, complejos y tecnológicamente avanzados de producción”.
Por otra parte, Mijail Gorbachev hace un análisis de la realidad soviética mucho más amable, pero con el mismo resultado:
“En algún momento — esto se hizo clarísimo en la segunda mitad de los años sesenta — sucedió algo que pareció a primeras luces inexplicable. El país comenzó a perder impulso, los fracasos económicos se hicieron más frecuentes. Las dificultades se empezaron a acumular y empeorar, los problemas sin resolver se multiplicaron. Elemento de lo que nosotros llamamos estancamiento y otros fenómenos ajenos al socialismo comenzaron a hacerse presentes en la sociedad. Se formo un tipo de “mecanismo de Freno” que afecto al desarrollo social y económico. Y todo esto sucedía mientras la revolución científica y tecnológica ofrecía nuevas posibilidades de desarrollo económico y social[…] Analizando la situación, nos encontramos con un debilitamiento del crecimiento económico. Durante los últimos quince años , el nivel de crecimiento del producto nacional había disminuido en más de un cincuenta por ciento, y ya para principios de los ochenta, había descendido a niveles cercanos al estancamiento económico[…] La brecha en la eficiencia de la producción, la calidad de productos de tecnología avanzada y el uso de técnicas avanzadas, comenzó a acentuarse y no a nuestro favor[…] El consumidor se encontró totalmente a merced del productor y debía arreglárselas con lo que este decidiera darles[…] continuamos gastando más en materia bruta, energía y otros recursos por unidad de producción que otros países desarrollados. Pero esto, desafortunadamente, no lo es todo: comenzó una erosión gradual de los valores morales e ideológicos de nuestro pueblo[…] Resultando en una brecha de credibilidad[…] el país estaba al borde de una crisis.”
Durante la era Brezhnev se exacerbo la crisis y se desemboco en el estancamiento económico de la sociedad soviética. A la muerte de Brezhnev, en noviembre de 1982, lo sustituyo Yuri Andropov quien, consciente de la crisis de la sociedad soviética, inicio de inmediato una serie de reformas administrativas que incluyeron el reemplazo de cientos de dirigentes medios e intermedios del aparato burocrático. Andropov anuncio el emprendimiento inevitable de serios cambios estructurales y estimulo el debate sobre las opciones de reformas económicas dentro de la ortodoxia marxista-leninista.
El cortísimo periodo de Andropov termino con su fallecimiento en Febrero de 1984; fue sustituido por Konstantin Chernenko quien a su vez, falleció en Marzo de 1985, pero no sin antes haber logrado interrumpir las incipientes reformas de Andropov. Inmediatamente Mijail Gorbachev fue electo secretario general del Partido Comunista de la Union Sovietica (PCUS).
Derechos de Autor
Pedro Ramón López Oliver. Libro: Cuba: Crisis y Transición. Copyright (c) 1992 by the University of Miami. Publicado por el Centro Norte-Sur dela Universidad de Miami. Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el mundo. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna sin permiso previo del editor.
El Anquilosamiento Económico. (Cuba: Crisis y Transición)
Sin embargo, el sistema que hizo posible la industrialización masiva y expedita de la URSS, acercándola a la modernidad y convirtiéndola en un país de economía desarrollada, se mostro incapaz de mantener un ritmo de crecimiento económico adecuado como país desarrollado. Funciono el planeamiento centralizado cuando se trato de volcar todas las energías y recursos del país en un limitado grupo de áreas vitales para el desarrollo, o sea, cuando la producción tuvo que responder a las necesidades previsibles del país y no a las necesidades y gustos de la población. De ahí que el centralismo se ha demostrado funcional cuando la demanda de la producción es fácilmente determinable por el Estado, pues corresponde a necesidades sociales y no individuales. Pero cuando la economía soviética se desarrolla y adquiere perfiles de mayor complejidad, la demanda tecnológica e informática de la nueva economía se acentúa y la capacidad del sistema se agota.
Se estima que la URSS produce entre doce y quince millones de artículos diferentes. La capacidad de compilar y procesar la información económica requerida, a tiempo para adquirir los recursos, producir y distribuir productos de manera socialmente eficaz, esta mas allá de las habilidades informáticas más avanzadas. No hay sistema centralizado que no pueda recibir, evaluar y procesar la información necesaria para el manejo y administración de una economía moderna.
Esta gran falla del socialismo como sistema de producción y distribución centralizado fue anticipada por el economista austriaco Ludwig von Mises en su obra capital de crítica y análisis teórico del socialismo. En ese estudio, von Mises planteo ya, de manera lapidaria, que la gran falla insuperable del socialismo en su cariz productor y distributivo, es su incapacidad para el cálculo económico fiable.”
El sistema que logro el milagro económico en la URSS, manteniendo un elevadísimo ritmo de crecimiento económico durante la primera mitad del siglo, llego a su cumbre en la década de los sesenta; a partir de entonces inicio un declive permanente en todos los ámbitos de actividad social y económica. El “comunismo real”, que fue capaz de industrializar y modernizar la URSS, fracaso ante el desafío de la revolución tecnológica occidental y fue incapaz de incorporar el mundo comunista a la nueva tecnología y la contemporaneidad.
Desde finales de los sesenta, la crisis en la oferta de bienes de consumo manufacturados se ha incrementado notablemente. A partir de 1972, los conflictos en la agricultura se agudizaron a tal extremo que la URSS se vio obligada a realizar gigantescas importaciones de grano para evitar una gran crisis domestica en la alimentación. Por otra parte, la producción industrial cayó en una espiral de deterioro continuo, caracterizado por la ineficiencia, los altos costos y la baja calidad de los productos terminados.
Ya hacia finales de la década de los cincuenta y principios de los sesenta, se hizo evidente para muchos economistas, soviéticos y occidentales que la económica de la URSS requería rectificaciones y reformas sustanciales.
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Pedro Ramón López Oliver. Libro: Cuba: Crisis y Transición. Copyright (c) 1992 by the University of Miami. Publicado por el Centro Norte-Sur dela Universidad de Miami. Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el mundo. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna sin permiso previo del editor.

